Georgia y Armenia: viajar por libre — Diario de viaje (2.ª parte)

Georgia y Armenia: diario de viaje por libre (2.ª parte)

Continuamos el relato de Luis y Pilar por tierras del Cáucaso. Si aún no has leído el comienzo, te invitamos a descubrir la primera parte del diario de viaje a Georgia y Armenia.

Día 7: De Signagui a Gori — Huellas de Stalin

Amanece un día espléndido. Desayunamos junto al balcón en el que se secan varios jamones, paletillas, lomos y pancetas y a continuación salimos a dar una vuelta. En Signagui se ha invertido mucho para crear la sensación —un poco artificial— de ciudad medieval bien restaurada y mantenida: hay calles peatonales adoquinadas y los edificios del centro lucen impecables, aunque fuera de las murallas abundan las chabolas. Incluso se puede disfrutar de una colección de originales esculturas metálicas repartidas por las plazas.

A pesar del calor nos animamos a salir andando hasta el convento de Bodbe, a unos 3 km. Aquí está enterrada Santa Nino y la comunidad que lo ocupa es de monjas. Llegamos al final de una ceremonia muy concurrida: las monjas cantan y hay muchas mujeres que entran y salen a ratos para descansar, ya que la ceremonia ha durado varias horas.

Familia anfitriona en una guesthouse de Signagui, Georgia

Cuando la cosa se despeja un poco entramos a ver el sepulcro, muy sencillo, y las pinturas del siglo XIX que adornan los muros. En los alrededores hay una fuente que se considera milagrosa, pero no nos apetece subir hasta ella y además tenemos algo de prisa. Aprovechamos un taxi que permanece ocioso a la entrada para volver a la ciudad y recoger nuestro equipaje en casa de Zandarashvili. El abuelo nos lleva a la plaza en la que paran las marchrutkas con la esperanza de reclutar nuevos clientes. Nos despedimos de él y sacamos billete a Tiflis (12 GEL).

Comedor rústico en la casa de huéspedes Zandarashvili, Signagui Monja en el monasterio de Bodbe, cerca de Signagui Viajeros en una marchrutka de Signagui a Tiflis, Georgia Ayuntamiento de Gori, la ciudad natal de Stalin en Georgia

En la estación Didube de Tiflis damos unas cuantas vueltas por las calles hasta encontrar un autobús que nos lleve a Gori. Hay que sacar billete en ventanilla, pero en un par de minutos se llena completamente y salimos. En 2 horas nos plantamos en la patria chica de Stalin y sabemos dónde hay que bajar porque no en todas las ciudades de 50 000 habitantes hay una arteria tan desproporcionada como la Stalinis Gamziri.

Gori es una especie de fantasía arquitectónica modelada para mayor gloria del gran dictador soviético. Toda la grandeza se concentra en una avenida de varios kilómetros en la que se alinean inmensos edificios oficiales: museo, ayuntamiento, bancos y otros equipamientos. El resto de la ciudad consta de degradados barrios de casitas ruinosas y una colina que alberga una fortaleza antigua sin mucho interés.

La imponente avenida de Stalin en Gori, Georgia Fachada del Hotel Intourist en Gori, reliquia del pasado soviético de Georgia

Alojamiento y gastronomía en Gori

El Intourist nos intimida un poco desde fuera, así que optamos por el Hotel Victoria, cerca del extremo sur de la avenida, antes del puente que cruza el río Mtkvari. Nos cuesta encontrarlo porque no hay indicaciones fuera del bulevar y la gente no se entera mucho de lo que les preguntamos. El hotel está vacío y, como buena creación soviética, tiene algo de siniestro, pero en general no está mal. Nos cuesta 80 GEL sin desayuno [VERIFICAR].

Para cenar hay varias opciones y nos decidimos por un restaurante decorado en estilo rústico, con muchas piezas de caza disecadas. Al entrar contemplamos una escena a la que ya nos vamos acostumbrando: un cliente intenta levantarse y no lo consigue porque las piernas no le sostienen; su amigo intenta ayudarlo pero, como también va muy «perjudicao», no consigue arrastrarlo. Al final interviene el camarero, que a duras penas logra poner a ambos en la calle.

Nada más sentarnos nos mosqueamos un poco con las chicas porque nos dicen que no hay vino a granel —si vemos beberlo a algunos clientes es porque lo traen ellos mismos—. Al final elegimos un vino embotellado que cuesta 15 GEL y la cena es aceptable. Nos empeñamos en dar un paseo nocturno, sopla un viento gélido y los bares que quedan abiertos en la desierta avenida son como oasis inhóspitos. Nos retiramos temprano.

Día 8: De Gori a Borjomi — El Museo de Stalin y aguas termales

Amanece lluvioso de nuevo. Desayunamos café turco y khachapuri en un local del bulevar decorado como un viejo vagón de ferrocarril y a continuación nos dirigimos al museo, que según la guía es el más interesante de toda Georgia. El Museo de Stalin (15 GEL, visita guiada incluida) fue inaugurado en 1957, cuatro años después de la muerte del líder. Mientras Jrushchov se esforzaba en erradicar el legado político del estalinismo, paralelamente se favorecía el culto a la personalidad del dictador, pero limitado a su pueblo natal.

El museo es un vasto edificio de dos plantas con una torre, verja y jardines, fácilmente reconocible desde el exterior por la estatua de tamaño natural que hay frente a la entrada. La exposición recorre toda la historia de Stalin y del comunismo soviético ignorando los aspectos más espinosos; resulta interesante para cualquier visitante con curiosidad por la historia, si bien la mayor parte de los textos explicativos no están en inglés. En los jardines se conservan la casa de madera y ladrillos en la que nació Stalin y el coche de ferrocarril blindado que solía usar para viajar a través de la URSS. Al salir pasamos por la tienda y compramos varios ejemplares de su Obra Poética Completa, un volumen de tamaño libreta con muy pocas páginas, cada poema en tres idiomas: georgiano, ruso e inglés.

Después de ver el museo vamos a la estación y abordamos una marchrutka con destino a Borjomi. Hemos desistido de ir a Uplistsikhe porque las descripciones del lugar no nos seducen; nos reservamos para visitar más adelante las cuevas de Vardzia. Pasado el cruce de carreteras de Khashuri entramos en un magnífico paisaje de montañas boscosas, ríos y aldeas.

Borjomi fue uno de los balnearios favoritos de la aristocracia en tiempos de los zares y durante la era soviética siguió siendo muy popular. El agua carbonatada natural que surge de su famosa fuente se exportaba a todas las repúblicas de la URSS y en la actualidad se sigue encontrando por toda Georgia — a nosotros también nos gusta mucho—. Salimos a ver lo que queda del antiguo balneario y cogemos agua de la fuente, igual de buena que la embotellada pero a alta temperatura.

El espléndido parque ha sido convertido en una especie de parque de atracciones, poco concurrido en esta época del año. Vamos hasta el final y seguimos andando por un precioso sendero que sube suavemente hacia los bosques; la temperatura es agradable y disfrutamos de los altos abedules y abetos, vemos muchas setas y plantas con flores y vadeamos un par de riachuelos. Al final nos topamos con un río demasiado ancho y tenemos que volver al pueblo.

Hay una especie de vigilia en torno a una iglesia, en medio del parque fluvial; mucha gente está congregada en el exterior portando palmatorias con velas encendidas. Debe de ser su manera de celebrar el Jueves Santo y nos sorprende encontrar muchos jóvenes, en actitud muy alegre sin perjuicio de la solemnidad del momento.

La devoción cristiana es un fenómeno social en Georgia que se extiende a todas las capas de la población: chicas jovencísimas que no dudan en cubrirse la cabeza con pañuelos para ir de iglesia en iglesia rezando y poniendo velas a sus iconos favoritos, hombres fornidos que quizá han sido soldados o camioneros mostrando los tatuajes al persignarse delante de cada monasterio…

Cerca de allí me llama la atención otra curiosidad: en la estación de ferrocarril apenas llegan dos convoyes al día desde la capital, pero en el vestíbulo todavía se puede ver una tabla de horarios escrita en ruso con más de cien ciudades desde las cuales en otra época llegaban trenes, entre ellas muchas tan distantes como Riga o Alma Ata.

Sendero entre abedules en el parque natural de Borjomi, Georgia

Alojamiento y gastronomía en Borjomi

Después de consultar con el encargado de la oficina de turismo nos decidimos por el Hotel Borjomi (50 GEL con desayuno) [VERIFICAR]. Es una casa de madera pintada de colores pastel, al estilo del siglo XIX; las habitaciones son pequeñas y sencillas y el desayuno normal. Para comer y cenar empezamos frecuentando la Taverna Nia: una casa de madera con balcones sobre el río que quizá en verano sea muy agradable pero en esta época su vasto comedor resulta frío y húmedo.

La comida no está mal y por la noche coincidimos con unos españoles que ya encontramos en el hotel de Tiflis y bebemos juntos unas cervezas. A la noche siguiente exploramos un poco más y descubrimos un pequeño restaurante familiar que sirve comidas muy sencillas y un vino excelente en cálices de cristal de estilo vanguardista.

Día 9: Borjomi — Vardzia — Borjomi — Cuevas y fortalezas del sur

Cogemos una marchrutka para ir a Akhaltsikhe (4 GEL) [VERIFICAR] y allí contratamos un taxi para que nos lleve a las cuevas de Vardzia y otros lugares de interés.

Hoy no llueve, pero está nublado y los perfiles de las montañas se confunden con el cielo gris; cuando llegamos a las cuevas apenas las distinguimos en la ladera del monte. Vardzia es otro lugar emblemático para la cultura georgiana y quizá más en la coyuntura política actual, pues nos hemos dado cuenta de que muchos habitantes de Javakheti, la región en la que nos encontramos, son armenios y desearían integrarse en el país vecino.

Pagamos la entrada (actualmente 15 GEL) antes de subir a pie la larga cuesta que lleva hasta el extremo de la alineación de cuevas. Vardzia fue concebida como construcción defensiva por los reyes georgianos del siglo XII y más tarde la reina Tamara amplió sus instalaciones con un monasterio compuesto de multitud de cavernas dispuestas en 13 niveles, que llegó a albergar a más de 2000 monjes. Más tarde sufrió un terremoto que derribó las murallas exteriores y quedó indefensa frente a las invasiones; la última —de los persas en el siglo XVI— dejaría el lugar desierto hasta que hace unos años se instaló una pequeña comunidad de monjes.

El sitio impresiona por su tamaño (más de 500 cuevas excavadas con cientos de habitaciones distintas) y por las magníficas vistas que podemos apreciar cuando por fin sale el sol. Una iglesia que ocupa el centro de la ladera conserva todos sus elementos arquitectónicos y pinturas originales, además de un conjunto de estrechos pasadizos muy divertidos para los más curiosos.

En el camino de vuelta paramos a ver la fortaleza de Khertvisi, colgada en lo alto de la colina que domina la entrada de un valle. En su origen hay una leyenda según la cual la reina Tamara convocó una especie de concurso entre los arquitectos del país para ver quién levantaba la mejor torre de piedra. El maestro más famoso fue vencido por un simple aprendiz y, presa de la rabia, saltó desde lo alto de su torre. En la actualidad el castillo está prácticamente reconstruido y resulta muy vistoso en mitad del bucólico paisaje.

Antes de volver a Akhaltsikhe tomamos una estrecha carretera que asciende durante unos 10 km a través de un paisaje impresionante, con las montañas del Cáucaso al fondo, para terminar en el monasterio de Sapara. Este complejo tiene su origen en el siglo IX y, además de ocupar una situación escalofriante en lo alto de un barranco, sus seis iglesias están increíblemente bien conservadas. En una de ellas, la de San Saba, se pueden ver los que probablemente sean los mejores frescos medievales de Georgia, que datan del siglo XIV.

Cuando llegamos a Borjomi, ya de noche, vuelve a llover a mares.

Vida rural en Georgia junto al monasterio de Sapara y sus frescos medievales

Día 10: De Borjomi a Kutaisi — Catedrales y monasterios del oeste

Sigue lloviendo, de manera que renunciamos a ir de excursión por el vecino Parque Nacional de Borjomi-Kharagauli y salimos temprano en dirección a Kutaisi. La primera marchrutka nos lleva hasta el cruce de caminos de Khashuri, allí un policía nos indica el lugar en el que paran las furgonetas que van hacia el oeste y nos disponemos a esperar. Pero hoy es Domingo de Resurrección y resulta ser el día más importante de la Paska.

Más tarde veremos cómo los georgianos salen en masa en dirección a sus lugares de origen para cumplir con el rito de visitar las tumbas de sus antepasados. Los cementerios suelen ser amplios y cada tumba dispone de un espacio propio, limitado por una verja; allí es donde cada familia se instala para comer y beber, llevando siempre los típicos huevos de Pascua teñidos de colores.

Todas las marchrutkas pasan por Khashuri llenas. La gente se va acumulando en la parada y vemos difícil seguir viaje. Cuando ya estamos pensando en contratar un taxi nos sucede algo curioso: a dos pasos de donde estamos se ha detenido la furgoneta de un frutero; el conductor se mete en algún sitio y al volver se dirige a nosotros, invitándonos a subir. El resto de los viajeros protesta, pero el tipo por algún motivo ha elegido llevar a forasteros y sólo puede llevar a dos personas. Nos ponemos en marcha — él se dirige a Batumi, en la costa del Mar Negro— y tratamos de comunicarnos con gestos y algunas palabras en ruso.

Pasamos un puerto de montaña con bastante nieve y en la bajada paramos en un mercadillo permanente donde se venden toda clase de cacharros de barro. La carretera tiene a ratos mucho tráfico, sobre todo camiones turcos que entran o salen de Georgia cargados de mercancías. Aun así llegamos a Kutaisi en menos de 3 horas.

Nos despedimos del simpático transportista y le damos 20 GEL por habernos sacado del lío, pero un taxista nos ha liado a su vez y nos saca 10 GEL por llevarnos al hotel (con 5 GEL hubiera ido que se mataba).

Después de instalarnos subimos por el barrio antiguo hasta la colina que alberga el monumento más famoso de Kutaisi: la antigua catedral de Bagrati. Por el camino pasamos por un mercadillo de flores y otras cosas típicas de la Pascua, pero apenas hay compradores porque todo el mundo sigue en los cementerios.

Kutaisi fue la capital de un reino durante siglos y su catedral era grandiosa, así como el palacio-fortaleza que ocupaba la misma colina. Ambos fueron destruidos por diferentes catástrofes en el siglo XVIII. Hoy la catedral ha sido ampliamente restaurada (un proceso que generó polémica y le costó la pérdida de su estatus como Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en su momento), pero conserva un innegable magnetismo.

Para aprovechar la tarde contratamos un taxi (12 GEL) [VERIFICAR] y nos vamos a ver dos monasterios cercanos mucho mejor conservados: Gelati y Motsameta. Gelati fue otra de las academias filosóficas fundadas en la Edad Media y algunos de los reyes más famosos están enterrados en sus iglesias.

Motsameta ocupa una localización verdaderamente espectacular en lo alto de una colina que domina el meandro del río Tskhaltsitela; el paso hasta la pequeña iglesia es muy estrecho y resulta difícil de fotografiar, pero la visita desde luego vale la pena. El nombre del río significa «agua roja» y tiene su origen en una leyenda: los duques de Argveti eran dos hermanos que gobernaban la región allá por el siglo VIII, época de la invasión árabe. Los invasores asesinaron a todo el mundo y a los duques los arrojaron al río, pero unos leones recogieron sus cuerpos y los volvieron a subir a la colina, por eso se construyó allí una iglesia para darles sepultura. Su tumba fue objeto de especial devoción durante siglos y en 1923 la Cheka intentó incautarse de ella y trasladarla a Kutaisi, pero —según cuenta la tradición— los huesos de ambos mártires regresaron milagrosamente al punto de partida. Aún hoy muchos fieles visitan la iglesia para cumplir el rito de pasar a gatas por debajo del estrecho sepulcro.

Alojamiento y gastronomía en Kutaisi

Nos habían recomendado el recién inaugurado Hotel Old Town, un sitio elegante y con habitaciones bien equipadas para lo habitual en Georgia, pero también bastante caro. Nos dieron la habitación más cara (90 USD con desayuno) [VERIFICAR], lo cual en un principio nos molestó.

En cuanto a restaurantes, nos dio la impresión de que escaseaban y de todos modos no encontramos ni uno solo abierto. La Paska se celebra en Kutaisi a la manera del Jueves Santo en la España de los años 50 y prácticamente todo estaba cerrado. Nos conformamos con comprar queso, embutidos, panecillos y cerveza en una tienda y comer en la habitación.

Mercadillo de flores de Pascua en las calles de Kutaisi, Georgia Monasterio y academia de Gelati, Patrimonio de la Humanidad cerca de Kutaisi Interior del monasterio de Motsameta con el sepulcro de los mártires, Kutaisi

Día 11: De Kutaisi a Mestia — Rumbo a la mítica Svanetia

Dejamos Kutaisi tal como nos la encontramos: con las calles vacías. Una marchrutka nos lleva en unas 2 horas a Zugdidi (7 GEL) [VERIFICAR], desde donde esperamos seguir viaje hacia la mítica región montañosa de Svanetia. El transporte hasta esa comarca es escaso; sólo hay un par de salidas diarias en furgonetas que los habitantes usan también para transportar mercancías.

Preguntamos en la caseta y nos dicen que la marchrutka de la tarde saldrá a las 15 h. Como aún no es mediodía aprovechamos para dar una vuelta, dejando las maletas sin ningún reparo; estamos seguros de que a la vuelta nuestro equipaje seguirá allí.

Para ser una ciudad de segundo orden, Zugdidi resulta estar mucho mejor equipada y más animada que Kutaisi: hay un mercado cubierto muy interesante y varios cibercafés abiertos. También nos sorprende encontrar un bulevar decorado con mosaicos que representan grandes banderas georgianas con las cinco cruces de San Jorge. Este bulevar lleva el nombre de Zviad Gamsajurdia, el conflictivo presidente que proclamó la independencia del país en 1989 y que más tarde se convertiría en golpista. Zugdidi era su feudo particular y la ciudad reivindica su memoria.

Con todo, lo más extraño es que según la guía esta ciudad cuenta con uno de los mejores restaurantes del país, el Diaroni. Tenemos curiosidad por comprobar qué hay de cierto y el dato resulta correcto: comemos muy bien y el servicio es excelente.

De vuelta a la estación de marchrutkas nos fijamos en una réplica de las torres defensivas de estilo svan, que pronto veremos en abundancia. La furgoneta se pone en marcha poco antes de las 15 h, pero sólo para recorrer unos cientos de metros y entrar en el patio de un almacén. Comienza una aburrida espera durante la cual el conductor, ayudado por un par de pasajeros, se esfuerza en acomodar un cargamento compuesto de muchas cajas de tomates, sacos y enseres de lo más diverso.

Cuando parece que lo han conseguido seguimos esperando hasta que llega otro viajero con un buen montón de cartones de huevos. Por fin salimos a la carretera y pagamos los 20 GEL por persona [VERIFICAR]; son ya las cuatro y media y sabemos que el camino hasta Mestia, la aldea que hace las funciones de capital comarcal de Svanetia, es bastante largo a causa del mal estado de la carretera. Aparte del conductor y de nosotros dos viajan cinco fornidos svans y una joven turista israelí. Pronto la carretera abandona el fértil valle y comienza a subir paralela al río hasta las inmediaciones de un gran embalse; a lo lejos vemos cimas cubiertas de nieve.

Volvemos a parar al cabo de hora y media junto a una especie de bar de carretera de estilo hiper-rústico. Resulta que no paramos sólo para ir al baño: los svans tienen intención de celebrar una sesión en toda regla. Nos mezclamos con ellos ocupando una gran mesa y al poco tiempo nos sirven varios kubdari (tortas de harina con carne hechas al horno) cortados en cuñas y un par de jarras de vino de dos litros. Nos reparten vasos y el tamada comienza a ejercer sus funciones ordenando llenarlos y pronunciando largos y complicados brindis.

Nosotros, como la chica israelí, tratamos de saltarnos varios vasos, y no sólo por miedo a acabar con un coma etílico sino también porque el vino es más bien malo. El conductor anuncia su retirada después de apurar seis vasos, pero el resto sigue en la brecha. Cuando nos levantamos han pasado casi dos horas y hemos dado cuenta de cinco grandes jarras de vino, claro de color pero turbio de todo lo demás.

Seguimos viaje acercándonos al crepúsculo. Mientras dura la luz vemos un paisaje de alta montaña cada vez más impresionante, con grandes cordilleras en todas direcciones. En una de las aldeas se baja el hombrecillo calvo que ha ejercido de tamada y los otros nos dicen con sorna que es un policía. Llegamos a Mestia a las 22 h, pero hemos tomado la precaución de llamar por teléfono a una casa de huéspedes; nos dejan en su puerta y nos encontramos la cena servida y habitaciones preparadas.

Alojamiento y gastronomía en Svanetia

En la casa de Nino pagaremos 40 GEL por persona y día en pensión completa [VERIFICAR], algo que nos parece un poco caro pero tampoco vamos a quedarnos el tiempo suficiente para comparar. La comida está bien: hay poca carne pero por la noche hacen sopa, y las ensaladas y platos fríos variados están disponibles todo el día. No incluyen vino ni cerveza pero nos venderán botellas de vino bastante bueno por 8 GEL [VERIFICAR].

Con la habitación tenemos menos suerte porque la casa de Nino está llena y nos envían a la de la vecina de enfrente: habitaciones grandes y desnudas con una cama bastante maltratada, mantas raídas y nada más. Disponemos de una pequeña estufa de resistencia que nos calienta la primera noche, pero por la mañana el filamento se rompe y ya no funciona hasta que nos marchamos.

Viajeros brindando con vino georgiano de camino a Svanetia

Día 12: Svanetia — Trekking al glaciar Chalaadi

En el desayuno nos encontramos con varios turistas israelíes que ya conocemos de etapas anteriores, además de un italiano residente en Rusia y un grupo formado por un esloveno, un portugués y una chica rusa de Letonia; viajan juntos porque los tres viven en Holanda y trabajan en la misma empresa.

Hay otra pareja de israelíes que junto con el italiano proyectan hacer una excursión montaña arriba hasta el glaciar Chalaadi; me uno a ellos y nos proveemos de comida y agua para pasar el día. Al salir de la casa nos damos cuenta de que la capital de Svanetia sigue siendo una aldea agrícola en la que apenas empiezan a llegar inversiones del sector turístico: calles llenas de fango y baches, y en cuanto sales de la carretera principal hay que sortear granjas con vallados para el ganado.

En medio de los caseríos se levantan las curiosas torres defensivas de piedra, de origen incierto y con alturas de hasta 20 metros; no cabe duda de que los habitantes de este valle han sido muy belicosos puesto que, en lugar de hacer obras de defensa para todo el pueblo, cada familia o clan se construía la suya propia. Hay fantásticas cordilleras nevadas en todas direcciones, como formando un circo alrededor del valle. Comenzamos caminando río arriba y a la salida del pueblo pasamos junto al aeropuerto.

A modo de terminal de viajeros hay una especie de tubo de metacrilato doblado como una escarpia con la punta hacia arriba; tal vez haya ganado un premio de arquitectura, pero no parece una instalación práctica ni cómoda. Seguimos caminando hasta encontrar una pasarela que cruza el río y a partir de aquí el camino empieza a subir; después de media hora nos encontramos un puente de hierro colgado otra vez sobre el río. Seguimos subiendo por entre bosques de coníferas y pronto vemos al fondo la impresionante montaña que cierra el circo glaciar.

Hay bastante nieve y comenzamos a hundir los pies. Ninguno lleva polainas, pero los israelíes son precavidos y han traído un gran rollo de cinta aislante; en unos minutos estamos todos protegidos con bolsas de plástico atadas alrededor de los tobillos. Así continuamos andando y pasado el mediodía llegamos a la lengua del glaciar. No se puede seguir más allá sin equipo: el suelo está helado y se oye intermitentemente el estruendo de caídas de piedras. Nos quedamos un rato contemplando el fascinante paisaje y recobrando el aliento, pero como sopla un viento bastante frío pronto bajamos al bosque en busca de un lugar protegido para comer antes de emprender el camino de regreso.

Pilar mientras tanto se pasa el día dando vueltas por el pueblo: viendo las extrañas torres defensivas, visitando el museo que tiene una colección de libros antiguos de los pueblos del valle, cruces e iconos medievales, paseando por las calles llenas de barro… Nos cuentan que una compañía aérea ofrece vuelos entre Mestia y Tiflis; las tarifas son razonables, pero no nos decidimos a reservar por varios motivos: para ir a Armenia no es imprescindible volver a pasar por Tiflis, tendríamos que quedarnos más días en Mestia y, sobre todo, no nos acabamos de creer que los vuelos sean realmente operados.

La cena es muy alegre con una compañía tan joven y cosmopolita; bebemos mucho vino y cerveza y apalabramos con Nino una excursión en 4×4 para el día siguiente.

Panorámica de Mestia con sus torres medievales y las montañas nevadas de Svanetia, Georgia

Día 13: Svanetia — Excursión a Ushguli, el pueblo más alto de Europa

El precio habitual que piden los conductores para ir hasta Ushguli y volver son 200 GEL [VERIFICAR], pero como hoy somos ocho los interesados, nos ofrecen dos vehículos con una pequeña rebaja y nos sale a 45 GEL por persona. Nos montamos en un Mitsubishi Pajero y le pedimos a la chica de Riga que viaje en el asiento delantero porque es la única que habla ruso.

La carretera tiene tramos regulares y otros en los que pasar a más de 10 km/h es un suicidio; aun así podemos decir que tenemos suerte porque algunos años permanece cerrada por la nieve hasta junio. Paramos un par de veces en los lugares más despejados para tirarnos bolas de nieve y contemplar el soberbio monte Ushba (4 700 m), cuya ascensión tiene fama de peligrosa.

Mientras subimos, el conductor le va contando en ruso a nuestra compañera todas las leyendas relativas a las aldeas que atravesamos y ella nos las traduce al inglés. Algunas son del tipo «Romeo y Julieta» pero la mayoría tienen más que ver con Macbeth o el Rey Lear: emboscadas, traiciones y matanzas de todo tipo.

Tardamos dos horas largas en llegar a Ushguli, que desde sus 2 100 metros presume de ser uno de los pueblos habitados permanentemente más altos de Europa. Al aproximarnos vemos el resultado de una avalancha de nieve que ha caído muy cerca de las casas.

Ushguli conserva la estructura de las aldeas medievales con sus casas de piedra y sus torres de vigilancia, peor conservadas que las de Mestia. Es un pueblo visiblemente muy pobre pero el paisaje nevado le da un aspecto imponente. Subimos hasta una colina que domina el pueblo y llegamos justo a tiempo para entrever la silueta del monte Shkhara antes de que la niebla lo borre. Esta cima alcanza más de 5 000 metros y es la segunda más alta de todo el Cáucaso (la primera es el Elbrus, en la Federación Rusa).

Nos acercamos a ver la antigua iglesia de San Jorge, en lo alto de la colina, y aprovechamos la precaria protección del muro del cementerio para comer algo, pero hace frío y aguantamos muy poco sentados. Emprendemos el regreso cuando empieza a caer aguanieve y las calles se enfangan todavía más a causa de los excrementos de las ovejas, vacas y cerdos que pululan por todas partes. Unos jóvenes nos convencen para que paguemos la entrada de un «museo etnológico»; no es gran cosa pero pasamos un rato abrigados viendo el interior de una casa tradicional atestada de viejos cachivaches ingeniosos.

Nos montamos en los coches con la ropa empapada, pero al poco rato deja de llover y volvemos a ver un cielo claro; para cuando llegamos a Mestia hay una preciosa luz de atardecer. Nos duchamos en el precario baño de nuestro alojamiento y antes de cenar aceptamos la invitación de nuestro chófer, que nos espera en su minúscula tienda-bar. Cuando llegamos están sentados con él nuestros compañeros esloveno y portugués, bebiendo el vodka aromatizado con manzana que prepara en su casa y que nos parece delicioso a pesar de que ambos odiamos el vodka.

Ushguli, uno de los pueblos más altos de Europa, con torres medievales y montañas del Cáucaso Torre defensiva svan junto al cementerio de Mestia, Georgia Retrato de un habitante de la aldea de Ushguli en Svanetia Viajeros celebrando una reparación en la carretera de montaña de Svanetia, Georgia

Día 14: De Mestia a Akhaltsikhe — De vuelta al sur

La marchrutka de la mañana con destino a Zugdidi pasa puntualmente a recogernos a las 6:15. El viaje dura 5 horas, algo menos que a la ida porque la obligada parada en el chiringuito es de corta duración. Hoy el sistema georgiano de transportes se muestra muy ágil: en Zugdidi abordamos rápidamente otra furgoneta que va a Tiflis y que nos deja en el cruce de carreteras de Khashuri (13 GEL); caminamos un rato hasta la otra terminal y abordamos un tercer vehículo que nos lleva a Akhaltsikhe (6 GEL) [VERIFICAR].

Tras instalarnos en el hotel nos conectamos un rato a internet y luego damos un paseo por Rabati, el barrio antiguo. En aquel momento conservaba casas tradicionales y, cosa rarísima en Georgia, los restos de una mezquita y una medersa. (Hoy la fortaleza de Rabati ha sido espectacularmente restaurada y se ha convertido en una de las atracciones principales del sur de Georgia, con museo, hotel e instalaciones turísticas.) El castillo alberga un museo, pero ya está cerrado y de todos modos estamos muy cansados. Nos retiramos temprano y reponemos fuerzas para entrar mañana a la República de Armenia.

Alojamiento y gastronomía en Akhaltsikhe

Hay muy pocos hoteles, pero parecen ser suficientes porque en Akhaltsikhe no paran demasiados viajeros. Nos decantamos por el Hotel Prestige (50 GEL sin desayuno) [VERIFICAR]. En una calle céntrica encontramos toda la oferta gastronómica de la ciudad, que se limita a khachapuri en sus distintas variedades (imeruli, acharuli, kubdari…) y cerveza.

FIN DE LA PARTE DE GEORGIA DEL DIARIO DE VIAJE

Pueden seguir leyendo el diario en el foro Losviajeros, que con el permiso de Luis y Pilar fue copiado el texto y las fotos.

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